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viernes, 7 de junio de 2019

PENNE RIGATE CON PESTO DE CALABACÍN EN OLLA GM D


El día que se le cayeron los dedos de la mano no fue el peor día de su vida, ni mucho menos.
Cuando le abandonó su mujer llevándose a su hijo, ese sí que fue un mal día.
Nunca tuvieron una discusión. Agustín nunca sospechó que su mujer lo hubiera dejado de querer, así, tan de repente.
Él creía que hacían una buena pareja, con el pequeño Abel, una familia. Se entendían bien, hablaban, se reían, se repartían las tareas de casa.
Creyendo que todo marchaba bien, Agustín se quedó sin fuelle cuando ella se marchó. Habían pasado muchos meses desde la separación y el seguía en un estado de incredulidad permanente.
Parecía siempre distraído, la sonrisa que siempre había caracterizado su rostro, desapareció, igual que la palabras.
Porque Agustín era un tipo guapo, o más bien atractivo, con sus treinta y ocho años nadie diría que iba a envejecer mal. Pero todo eso se esfumó con el abandono y cualquiera que lo mirara ahora, sólo vería a un hombre del montón, desangelado, al que nadie recordaría pasados cinco minutos.
Su mujer y su hijo, le conferían un brillo especial, de felicidad, que desapareció con ellos.
El día que se cayeron los dedos de la mano empezó como cualquier otro día.
Recuerda que era lunes y, como los fines de semana los pasaba mal solo en casa, los lunes le gustaban.
Recuerda que aquel día era lunes, que se levantó a la misma hora de siempre, todavía con todos los dedos de la mano, y después de su habitual café y de su ducha, salió hacia el metro.
El trayecto en metro tampoco le pareció distinto a otros días. La misma espera, los mismos transbordos, el mismo hacinamiento en los vagones. Nada que le sacara de su ensimismamiento de los últimos meses.
Se había convertido en un hombre taciturno, pero sin perder la educación, así que siempre saludaba a sus compañeros de trabajo, les preguntaba cómo les había ido el fin de semana, y a partir de ahí, las siguientes ocho horas las dedicaba a trabajar.
Su trabajo en aquella carnicería de un centro comercial era rutinario durante la primera hora. Disponer el género, que dormía en las cámaras frigoríficas por las noches, en las distintas vitrinas, comprobar que no faltara de nada de lo que quisieran los clientes, afilar cuchillos y esperar.
Las siguientes seis, atendía seriamente pero con eficacia a los clientes que se iban a cercando, a cuenta gotas a veces y en manada en hora punta.
La última hora era la que más temía; porque significaba que su jornada laboral estaba a punto de acabar y eso le devolvía a una vida solitaria y sin alicientes.
Ya podéis imaginar lo que le ocurrió ese día. Un descuido. Él no solía tener descuidos, pero aquel lunes lo tuvo.
Se acercaba la hora temida, los clientes pasaba delante de los mostradores, por la hora, serían los últimos antes del cierre. Todos parecían saber a donde dirigirse, a por las cuatro cosas necesarias para cenas improvisadas.
Tras los mostradores, dos de sus compañeros atendían cada uno a sus respectivos clientes. El resto empezaba a recoger el género de manera apresurada.
Agustín se disponía a hacer lo mismo, pero llamó su atención una mujer. Alta, morena, con una bonita sonrisa. Se parecía tanto a su ex mujer, que se permitió sonreírle mientras le fileteaba a cuchillo un hermoso solomillo de cerdo en lonchas de dos centímetros, por favor, así, perfecto.
Sin quererlo, Agustín le pregunta cómo lo hará. La mujer, sin parecer que tuviera mucha prisa, se explaya en los detalles. Cebolla, naranja, si, si, naranja, un poquito de harina para espesar la salsa, no mucha, la justa, sal, pimienta y aceite, de oliva por supuesto, no uso otro. El de girasol, solo para freír.
Agustín va perdiendo poco a poco la concentración. La mirada se le clava en la boca de aquella mujer mientras le desgrana uno a uno cada ingrediente. Intenta memorizar cada paso que le describe ella, como si fuera a hacer él mismo aquel solomillo en cuanto llegue a casa. Las palabras de aquella mujer le parecen lo más sensual que ha oído en mucho tiempo.
La naranja, la naranja es lo que le da el toque especial. Todo el mundo lo hace al Pedro Ximenez o con ciruelas por navidad, pero la naranja queda maravillosa en este plato. Le pega muchísimo a esta carne.
Fue el grito de ella el que lo alertó de que algo no andaba bien, las gotas de sangre que le salpicaron la cara y, por último, el dolor. En ese orden.
Al sentir el dolor físico, sintió que la oportunidad de conocer a aquella mujer se le escapaba, como se cuela y escapa la sangre entre las baldosas blancas del suelo.
Quiso saltar el mostrador para auxiliar a la clienta que, tras el grito, perdió el conocimiento, pero sus piernas también le flaquearon, sus compañeros acudieron en tropel, los clientes rezagados que ahora parecían muchos formaron un enjambre a lo largo del mostrador, y ya no recuerda mucho más.
Bueno, sí, la última imagen que vio antes de verse en el hospital, fueron sus dedos encima del tajo de madera donde reposaba aún el solomillo a medio filetear, caídos de la mano, como si no quisieran seguir unidos a esa mano que sólo sabe cortar carnes de diferentes tamaños.
No amputados, caídos, así contaba él la historia.
“El día que se me cayeron los dedos de la mano, mi vida empezó de nuevo”.
Gracias a la gran pericia de los cirujanos, sólo perdió el dedo meñique, ese no pudieron salvarlo, como al resto.
Una bolsa de supermercado, mucho hielo y los dedos dentro, así llegaron al hospital.
La ambulancia que lo trasladaba, detrás el coche con cuatro compañeros y la bolsa con los dedos y por último, la ambulancia que llevaba la mujer que se parecía tanto a su ex mujer.
De todo eso se enteraría más tarde.
Horas de quirófano, semanas de convalecencia en una habitación en planta y las visitas de una mujer preocupada y con sentimiento de culpa, que lo cuidó hasta que el dieron el alta.
Las enfermeras hablaron durante años de aquella bonita historia de amor de la que fueron testigos de primera mano.












INGREDIENTES

320 g de penne rigate
250 g de calabacín
200 g de jamón serrano a taquitos
25 g de parmesano rallado
10 g de piñones
10 g de almendra
30 ml de aceite
2 dientes de ajo
Unas hojas de albahaca
Unas hojas de menta
Sal

ELABORACIÓN

Pelar los calabacines
Cortar en cuatro partes a lo largo. Retirar las pepitas si las hay
Cortar en trozos pequeños

En el vaso de la batidora, poner el calabacín, los piñones, las almendras, 1 diente de ajo, el queso, las hojas de albahaca y menta y sal
Batir
Ir añadiendo el aceite en hilo, hasta conseguir una crema sin grumos

En la cubeta, poner agua con sal
Añadir la pasta
Menú cocina 6'
Despresurizar manualmente
Reservar un cubilete de agua de la cocción
Escurrir la pasta

Poner un poco de aceite en la cubeta
Menú Cocina
Añadir el jamón a tacos
Añadir el otro ajo entero
Dorar
Retirar el ajo

Añadir la pasta cocida
Añadir el pesto de calabacín
Remover
Añadir un poco de agua de la cocción
Cocinar todo junto 1'

Servir con queso parmesano rallado por encima

Receta adaptada de Piattifacili.com

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